Aquí estoy, subido al tigre y sin poder bajar. La tradición china fue sintetizando dichos populares en un formato muy particular de cuatro han zi (汉字) —caracteres—, para explicar de forma más o menos sutil pero con buen grado de profundidad todo tipo de situaciones. Estas expresiones se llaman cheng yu (成语) y, como dejé caer antes, se trata de la destilación final de cantidad de historias y refranes que se fijan en lo cotidiano. Su uso sigue vigente en el habla de la China moderna.

El primero que os traigo es qi hu nan xia (骑虎难下) que da el nombre chino al blog —y al que no quise otorgar una traducción literal en castellano—. Desgranándolo, qi 骑 subir, hu 虎 tigre, nan 难 difícil, xia 下 bajar, viene a decirnos que llega un punto una vez estamos en el meollo de un trabajo, empresa o experiencia (subidos al tigre) en que cuesta echarnos atrás aunque sea algo peligroso o desafiante (difícil bajar). Creo que resume de forma cómica pero a la vez muy elocuente la manera en que me he dado de bruces contra este idioma que disto mucho de dominar pero al que, de un modo u otro, me he encariñado.

Hablando de meollos, vayamos al de esta entrada. Digamos que controlo dos idiomas; el castellano y el inglés. El primero muchísimo más que el segundo, ya que es mi lengua materna y la que me veo obligado a hablar siempre y a la que siempre estoy expuesto. En cuanto al inglés, hoy día permea el mundo, está en todas partes y su viralidad es algo que agradezco pues, de otro modo, se me estaría oxidando a pasos agigantados. Pero, ¿qué pasa con el tercer idioma?  El tercer idioma es uno de mis demonios personales. Ya en edad adulta nos dejamos seducir por el venenoso discurso de sirenas de que «hemos perdido plasticidad cerebral»,  «no podemos aprender de forma natural como los niños» o «tenemos demasiado ruido mental, demasiados problemas que se han ido haciendo hueco dentro y nos estorban para hacer sitio a nuevos asuntos».

Desde mi estéril affaire con el francés en el instituto, idioma que no me interesa o que ciertos profesores procuraron destrozar, más bien, he tenido varios e infructuosos acercamientos a otros como el japonés, el ruso, el árabe o el alemán. Mi motivación no era clara, no me exponía a ellos de forma tan evidente como hago con el inglés y no devoraba información. Nunca tuve una gran ingesta, un input de los mismos. Esta vez, por diversos motivos, el chino mandarín parece estar cuajando, pero es pronto para cantar victoria. Por eso no quiero «bajar del tigre».

El esfuerzo para aprender una lengua tan distante a la raíz de las que conozco es indecible y, pese a que muchos se empeñan en presentarlo como una experiencia amigable o incluso a estar de moda su aprendizaje, detrás de todas esas capas sedantes y paliativas se oculta una dura verdad: el chino, para un hablante de lenguas indoeuropeas es difícil, muy difícil, y la distancia en el árbol hace que mucho de lo que en idiomas más cercanos dominas en poco tiempo aquí sea una tarea ardua y colosal. Luego hay aspectos puntuales que son más simples, pero tampoco creáis que compensan. No obstante, pese a que su pronunciación tampoco me apasiona, estoy descubriendo un universo ubérrimo e interesante en la génesis de palabras, en la historia de sus ideogramas. Cuando ves a un nativo navegando mentalmente por entre todas esas ideas dibujadas, más que letras o palabras y leyendo y extrayendo información a la misma o mayor velocidad que nosotros con nuestro «casi binario y monótono alfabeto lleno de fonemas repetidos», parece magia. Una que dan ganas de dominar. Y ante todo, creo que me estoy rodeando de las personas adecuadas para 一路顺风. Pero de esto hablaremos en otra ocasión.

Gracias por leer.

 

 

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